Yoga: del mito a la realidad

Cuando me invitaron a mi primera clase de yoga pensé que era una actividad que no tenía nada que ver conmigo porque creía que era para personas delgadas, “elásticas” y con poder adquisitivo, por eso nunca me interesé. Lo poco que conocía era lo que alguna vez había observado en revistas fitness y en la televisión, sin imaginar que lo único necesario para practicar yoga es tener la disposición.

Al legar, me impresionó la multitud de personas, hombres y mujeres de cualquier edad muy enfocados en cada posición que les indicaba la profesora. Cada uno concentrado y cuidando todos los detalles de respiración, equilibrio, fuerza y, sobre todo, buscando su propia paz.

¿Paz? ¿Quién no necesita encontrar paz en medio del continuo estrés al que estamos sometidos todos los días? Fue en ese momento que comprendí la importancia de practicar cualquier actividad que me permita relajarme y encontrarme con mi propio ser, que muchas veces estaba perdido o desenfocado. En la clase, me volví a regalar el disfrute de las cosas sencillas, como sentir la brisa por mi rostro mientras me concentraba en cada movimiento, disfrutar el contacto con la naturaleza cuando terminó la clase y tumbarme, simplemente, a respirar sobre la grama. Tal fue mi sensación, que estuve a punto de dormirme después de drenar y liberar la tensión que venía acumulando mi cuerpo durante años.

¿No sería más sencillo si desde pequeños nos enseñaran que cualquier persona puede practicar yoga? Crecí con la falsa creencia de que meditar era para los “duros” y gente de otro nivel, mejor dicho, para “eruditos”. Siempre pensé que solo ellos podían poner su mente en blanco y dejar ir cada situación que les generara estrés. Que solo ellos podían ir a trabajar relajados y con la mente libre de pensamientos perturbadores o negativos, que solo ellos encontraban su propia paz y lograban establecer un equilibrio con el mundo exterior.

Hace aproximadamente un mes descubrí que no necesito ser extremadamente delgada o elástica para practicar yoga; comprendí que la edad tampoco juega un papel trascendental y que el único requisito son las ganas y la disposición de aprender a conocer tu cuerpo poco a poco. También entendí lo poderosa que es nuestra mente y que es necesario aprender a soltar y quedarnos con lo que nos inspira bienestar. Aprendí que cuando consigues el camino que te conduce a la paz interior, logras cultivar relaciones llenas de armonía con los que te rodean.

En fin, practicar yoga ha sido mi punto de conexión, de encuentro y relajación. Además, tengo la dicha de hacerlo gratis y cerca de mi trabajo. Sin duda es la oportunidad de aprender y disfrutar todos los beneficios de esta actividad.